Es diciembre, el último mes del año y el de la Navidad. Sé que hay mucha gente descreída, poco religiosa, agnóstica. Pero, yo les puedo asegurar que, con un poco de fe, los milagros suceden. A mí me ha pasado y ha sido la llegada de diciembre lo que me hizo recordar aquella experiencia religiosa (si introduce aquí el coro de la canción de Enrique Iglesias, lo siguiente que le sucederá es ver la aparición de una luz en el fondo de un túnel), porque ya a poco y se acaba el año y el milagro sucedió, justamente, a fin de año.
Estábamos en casa de Pierre en una fiesta que él había organizado porque le enviaron desde Talara un pavo entero y , consciente de que tanta carne no se acabaría en una sola cena con su hermana, su tía y Héctor –sospecho que con Héctor esta regla puede que no funcione, pero, puede que hasta él tenga un límite ¿no?–, decidió invitar a su millón de amigos a una fiesta y a ver si, además de pasar un buen rato en la casa de Kevin Arnold, acabábamos con el avechucha esa. Éramos realmente bastante gente en ese lugar. Ya creo que sí. No recuerdo cuántos exactamente, pero sí muchos. Imposible conocer a tantos, excepto en el caso de la Zorra esa que conoce mucha más gente improbable que yo, y es que él mismo es una persona improbable. Pierre, además había hecho un poco de ensalada para acompañar el pavo. También había comprado muchos platos descartables, claro, porque de seguro no tendría tantos platos y menos querría lavarlos, ni él ni su tía. Quizás Héctor podría haberlo hecho. Lo más probable es que no y estoy seguro que ninguno de los salvajes que tomamos por asalto esa casa tendríamos la mínima intención de ofrecernos a ayudar al día siguiente. Mucho detalle de la fiesta, pero creo que era necesario. Además de toda esa gente invitada por Pierre, había un muñeco con un enorme falo que miraba con demasiada intensión a cualquiera que se sentara a su izquierdo y hacía sentir mal a muchos presentes. Bueno, al menos a mí que no he tenido mucha suerte en eso de la repartición de los dones. De esa fiesta hay muchas cosas que contar, pero, me abstendré. Vamos al milagro.
Aún no daban las doce, faltaba un buen rato, claro, y de pronto comenzaron a desfilar los platos descartables con presas de pavos. Eran unas presas bastante generosas, recuerdo. La ensalada había sido puesta en la mesa en algo que parecía ser una pecera de peces como los del viejo de Hemingway. Miré y pensé que sí, que la ensalada alcanzaría y me serví con el descaro de un niño hambriento. Yo recuerdo que había llevado un poquito de scan que había macerado desde hacía un par de meses. Estaba casi en punto crítico. Un par de días más más el calor del verano y habría encontrado un ecosistema nuevo en esa yerba. Tenía que consumirla o echarla. Decidí lo primero. Era poco en verdad, como para tres o cuatro personas. Algo para compartir con los amigos. Yo había terminado de comer mi presa. La verdad es que la había devorado como un león a un cristiano y me había ido corriendo al cuarto de Pierre para armar el porrito y dejado a la gente aquella o comiendo o esperando su porción de pavo talareño. Había entrado con un par de amigos, los escogidos para el compartir, porque la yerba es así, forja y refuerza lasos, más que la chela, incluso. Lástima que aún no sea legal, pero ya llegará su momento y todos podremos andar con sonrisas enormes por la calle y no como zombies angustiados.
Bueno, estaba en que me encerré en el cuarto para armar y poder fumar tranquilos, lejos de la vista de los demás invitados que se habían quedado en la sala mirando la ensalada con ojos de lujuria. No sabía qué podían pensar de nosotros, todos ellos ahí hambrientos y nosotros ya bien tranquilos fumando, así que lo mejor era aislarse. Pierre también se había quedado afuera en afanes de otra índole, así que le pedí a uno de mis amigos que por favor le pase la voz para que venga. Era el anfitrión y tenía que estar ahí con nosotros. Era una forma de agradecerle tanta amabilidad. Salió mi amigo y volvió con el mensaje de parte del anfitrión de que no vendría. Por aquellos días ya había sido felizmente capturado por la chica que gusta de llamarlo bicho, alimaña y cosas por el estilo y desde entonces abandonó la interzona y se volvió un escritorcito responsable que hasta ha publicado un libro a cuya presentación llevó al hermano feo del muñeco macrofálico.
Estábamos ya en el afán aspiracional cuando apareció un muchacho. Recuerdo bien lo que me dijo: Esteeeeee –con timidez–, me han dicho que aquí hay yerba ¿Es cierto? Yo lo miré un poco confundido, tratando de reconocerlo, pero no daba con su rostro en mi archivo, que ya comenzaba a desordenarse, sin lograr ubicarlo. Le dije que sí, que aquí había. Me pidió que le invite un poco y lo hice, por supuesto, porque, como ya dije, la yerba hermana y, como el vasito de agua, no se le puede negar a nadie que lo pida. Cuando el muchacho le había dado dos toques al puchito, apareció una chica detrás de él que, cosas que tiene la vida, dijo lo mismo y casi en el mismo tono y yo que sentía que estaba envuelto en un dejavú, me dejé arrastrar y repetí mi monosilábica línea cuando el primer muchacho me preguntó si podía invitarle. Ella le dio dos toques al cachito ese y detrás de ella ya no había sólo un chico, habían dos esperando su turno y luego dos más y luego tres y luego cuatro y luego había una fila tan larga que pensé que estábamos esperando la venta de entradas para un concierto de Madonna (no es que me guste Madonna, pero ya se imaginarán cómo es cuando ella dice que va a cantar en algún lugar). Toda la fiesta estaba ahora metida ahora en el cuarto, excepto Pierre con la chica que lo atrapó para convertirlo en un hombre de bien, Héctor, la tía de Pierre y el muñeco del enorme falo. Todos hacían una ordenada fila india que comenzaba en un extremo de la habitación y terminaba no sé dónde allá afuera. Y entonces sucedió, el porrito, pequeño, chiquito, para tres o cuatro personas fue hasta el final de la fila, deteniéndose en cada boca que aspiraba con ganas, encendiendo su cola cada que tocaba una nueva mano. No contento con eso, lo vi volver de la misma forma en que se fue, de mano en mano, de boca en boca, incansable, inagotable. Regresó a mis manos y aún dio para un par de toques por mi parte y de mis amigos. Fue extraño. Extraordinario.
Es por esto que no entiendo cómo es que hay gente que aún duda. Yo desde entonces no puedo dudar. Esa noche reímos mucho, nos pasaron una que otra cosa loca, pero lo que nunca olvidaremos es que por una noche fuimos hermanos, estuvimos más juntos y conectados entre todos nosotros, desconocidos, más de lo que hemos estado jamás con nadie gracias a la multiplicación de la yerba. El rostro de esos desconocidos compartiendo y agradeciendo fue conmovedor, reconfortante. Sí, fue un milagro y yo lo vi.
1 comentarios:
JJAJAJAJAJAJJAJAJJAJAA!!!
xD
"y desde entonces abandonó la interzona" xD
q cague de risa, no me había dado cuenta q el hombre feo podía ser el hermano del violador de trapo q casi sodomiza a mi tío. q buena
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