lunes 21 de noviembre de 2011

El insomnio de los lunes

Es lunes, acabo de almorzar y me muero de sueño. La razón en el título: insomnio.

Hoy le he prestado atención al asunto porque no es la primera vez que me sucede y desde hace unas semanas. Duermo pésimo para amanecer lunes.
Lo de esta noche ha sido más bien ligero. Me desperté como a las cuatro de la madrugada, afuera ya desafinaban los pajaritos invisibles y hacía frío. Me levanté, fui al baño, tomé un poco de agua tibia y me acosté nuevamente y sólo para dar muchas vueltas, como perro que no encuentra su lugar, que es más o menos como siempre me he sentido en este mundo, pero al menos antes podía dormir y bien. Ahora nada.
Me despertó un sueño pastruliento, como casi todos los sueños donde una persona es otra pero sigue siendo la misma y de pronto una ciudad es un desierto y termina en una selva y cosas de esas, ya saben. Pero este sueño, que no contaré debido a los personajes participantes y las cosas que hacíamos (no, no estábamos en una orgía con mis amigos o amigas. Nada más alejado de un sueño porno que el que tuve), sobre todo por eso de que el subconsciente y los sueños y toda esa jerga que he preferido olvidar desde que maté a Llobera, decía que este sueño me despertó con sobresalto y me dejó una sensación de angustia como de mal presagio. He tardado como una hora en volver a conciliar sueño. Ha sido horrible, igual, porque aún cuando ya estaba dormido no pude hacerlo profundamente y me despertaba a cada rato temiendo que suene la alarma de mi celular mientras miraba como el día iba llegando a este lado del mundo.
Eso me ha hecho recordar que hace mucho no veo un amanecer. No me refiero a la película del vampiro cabro, sino un amanecer de verdad. No recuerdo cuándo fue la última vez que vi uno. Debió ser en el último verano, porque sólo me gusta ver amaneceres en verano. Creo que a todos les parece mejor en esa estación que en otra. Bueno, se acerca el verano así que me pondré a coleccionar amaneceres.

Volviendo a lo del insomnio. Anoche mismo antes de meterme a mi cama sentía ganas como de no querer dormir. Sabía que debía hacerlo, que hoy tenía que venir a trabajar, pero no quería hacerlo. No era la noica, no la tengo hace mucho, aunque se le parecía bastante. La cosa es que no quería, así que cuando me acosté igual no pude dormir como hasta las doce y media. Eso, para despertar tres horas y media después y no volver a dormir decentemente.
La última vez que dormí como un bendito fue cuando ingerí un poco de alcohol (media botella de vino y una lata de cerveza). Quizás vuelva a hacer lo mismo. O quizás tenga que volver, maldita sea, al anafranil (ya lo veía venir, carajo, ya lo veía venir).